88 años

En la Habana había muchas actividades grupales y estuvimos alojados en Vedado, o sea, a una o dos millas de la Habana Vieja, la parte que yo sobre todo quería visitar.

Así que la primera vez que tuve toda la mañana libre, me fui caminando por el Malecón hasta llegar a la Habana Vieja.

Tras un breve desvío para intentar ver la casa de Lezama Lima (en renovación), dí la vuelta a la Punta y subí por Peña Pobre hasta llegar a la Iglesia del Angel, primer sitio en mi itinerario por los lugares que recordaba de Cecilia Valdés.

Después bajé a la esquina de Aguacate y Empedrado, la que hubiera sido la casa de Cecilia.

Allí encontré un pequeño parque, lindo, con bancos pintados de verde. En uno de ellos estaba sentado un viejo, pelo blanco, guayabera blanca, lentes, bigote blanco. Hacía sol con algunas nubes.

Me acerqué y le pregunté al señor si era ésta la calle Aguacate. En verdad estaba ya bastante seguro de que sí, pero me imaginaba que sería posible engendrar una conversación con una pregunta cualquiera. Y en efecto, así fue. Empezó a contarme su vida y me indicó tomar asiento.

Me dijo que tenía 88 años, que se había venido del campo a la Habana en 1933, que antes había trabajado en un edificio de enfrente, que por aquel entonces era una oficina de seguros. Cuando pasó una mujer en minifalda, no perdió la oportunidad, aun a los 88 años, de mirar sus piernas

Me contó del parque, que era muy nuevo. Le dije que era muy lindo, y me dijo que eso no dura mucho aquí, por mucha lluvia.

Sentía el gran valor de la memoria de los que han vivido la historia. Le hice mi pregunta más política, »¿Vd. habrá visto muchos cambios, verdad?« pero me contestó con un simple »sí«.

Al despedirnos me fui bajando la calle Obispo, pasando por la Droguería Johnson, en busca de Santa Clara y la casa de los Gamboa.

Quisiera regresar allá.